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Volví a Mirar el Cielo

auto_stories Una historia musical de IVANHOE14

VOLVÍ A MIRAR
EL CIELO

Una historia sobre perderse, hacer las paces con las cicatrices y volver a vivir.

Comenzar historia

Capítulo I

El Hombre que se Apagó

Capítulo II

El Trabajo que lo Mató

Capítulo III

Ruido Interior

Capítulo IV

La Huida

Capítulo V

La Mujer Frente al Mar

Capítulo VI

Las Cicatrices del Ruido

Capítulo VII

Regresar Diferente

El Hombre que se Apagó

Capítulo I

El Hombre que se Apagó

“Un día dejó de mirar el cielo. Y terminó olvidando que seguía allí.”

Daniel tiene cuarenta y seis años, está casado y lleva una vida que cualquiera tildaría de feliz; él mismo se lo creyó durante mucho tiempo. Sin embargo, hace ya años que dejó de mirar al cielo. Es más, si lo piensa, ni siquiera recuerda de qué color es.

De joven, lo observaba y lo encontraba lleno de contrastes, de matices y de una belleza inabarcable. Las noches estrelladas le descubrían un universo infinito, plagado de lugares fascinantes que prometían un futuro. Lo miraba con ilusión, pero poco a poco, día tras día, factura tras factura, dejó de levantar la cabeza. Hasta que un día, simplemente, se olvidó de que el cielo seguía ahí.

Ahora vive en una ciudad donde todo parece funcionar demasiado bien para estar realmente vivo. Los trenes llegan puntuales y las oficinas permanecen encendidas como faros mudos incluso de madrugada.

Cada mañana se despierta antes de que apunte el sol. Un café rápido, una ducha obligada, la misma camisa de siempre. Se despide de su mujer con un beso tibio y monótono —el de todos los días— antes de sumergirse de lleno en el rugido del asfalto.

En el vagón del metro se cruza con los mismos rostros anónimos de cada mañana. Rostros sin expresión ni rastro de emoción, fijos en las pantallas de los teléfonos, envueltos en un silencio extraño que solo quiebra el traqueteo del tren. El ambiente ya respira esa prisa contenida, esos nervios a flor de piel por la eterna urgencia de llegar a tiempo. Todo sea por estirar el sueldo, sobrevivir a los recibos y pagar el alquiler.

Y mientras el tren avanza, Daniel siente, un día más, cómo esa misma sensación de vacío sigue ensanchándose justo debajo del pecho.

Canción del capítulo

Alquilamos aire en la ciudad

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[Verso 1] Vivimos en mitad de la ciudad Alarmas rompiendo la paz Café frío, prisas al salir Dos vidas que corren sin fin Luces grises al amanecer El reloj no deja de correr Y aunque todo parece normal Algo se empieza a revelar [Coro] Alquilamos aire en la ciudad, vendiendo vida por la propiedad. Pagando sueños que no podemos vivir. Somos esclavos de este reloj, Perdiendo el pulso ante el poder. Y aunque el sistema nos quiera separar, no nos van a derrumbar. [Verso 2] Media vida firmada en un papel Los años ya no vuelven después La mitad del sueldo se nos va En paredes que no saben amar Turnos largos, cansancio en la piel Nos cruzamos sin podernos ver Y aun así damos gracias por tener Un lugar donde poder caer [Coro] Alquilamos aire en la ciudad, vendiendo vida por la propiedad. Pagando sueños que no podemos vivir. Somos esclavos de este reloj, Perdiendo el pulso ante el poder. Y aunque el sistema nos quiera separar, no nos van a derrumbar. [Puente] (baja instrumental, voz más íntima) Tenemos suerte de poder pagar este mismo sueño que pesa de más, entre números y realidad solo buscamos cómo respirar. Pero algo empieza a latir, aquí no hemos venido a sufrir si aún queda fuego que quemar, no lo vamos a dejar pasar. [Electric guita solo] [Coro] Alquilamos aire en la ciudad, vendiendo vida por la propiedad. Pagando sueños que no podemos vivir. Somos esclavos de este reloj, Perdiendo el pulso ante el poder. Y aunque el sistema nos quiera separar, no nos van a derrumbar. [Conclusión] (mínimo, emocional) Pagando sueños... Que no podemos vivir... Pero aún queda fuego Que nos ayuda a seguir
El Trabajo que lo Mató

Capítulo II

El Trabajo que lo Mató

“Solo sabía que un día necesitó dinero. Y cuando quiso mirar atrás, habían pasado dos décadas.”

Al principio, entró a trabajar en esa empresa por pura necesidad. Era joven, no miraba más allá de la semana siguiente y el sueldo le bastaba para cubrir sus pocos gastos y financiar lo que de verdad le importaba: su música. Al menos, eso se decía a sí mismo.

Durante un tiempo, el dinero cumplió su función. Le permitía pagar los ensayos, devorar kilómetros para tocar en bares semivacíos y escribir canciones de madrugada para la mujer de la que estaba enamorado en ese momento. Sostenido por la ilusión de que ya encontraría algo mejor, dejó correr el tiempo.

Pero los años empezaron a encadenarse, uno detrás de otro, en un susurro. Una mañana, al despertar, descubrió con horror que llevaba más de veinte años sentado en la misma silla.

Hacía mucho que la empresa había dejado de importarle. Y lo peor era la certeza de que el sentimiento era mutuo: él no era más que un nombre en una base de datos, un número de empleado, una pieza perfectamente reemplazable. Al mirar atrás, era incapaz de recordar el día exacto en que empezó; solo recordaba la necesidad de dinero y, de golpe, el peso de dos décadas.

Desde fuera, su vida lucía estable: un piso pequeño, un sueldo correcto, la normalidad estándar. Nadie notaba que, por dentro, algo se le apagaba lentamente cada día. Daniel se había convertido en un experto en fingir. Sonreía en las reuniones, respondía con un robótico «todo bien» y soltaba bromas automáticas.

Aquel mundo enorme de carreteras interminables y conciertos en lugares perdidos se había encogido por completo. Ya ni siquiera tocaba la guitarra; la funda acumulaba polvo apoyada contra la pared. Cada noche, al regresar a casa, lo devoraba la sensación de estar muriendo un poco. Y lo peor no era la tristeza, sino la costumbre. Porque cuando alguien se acostumbra al vacío, termina por dejar de luchar contra él.

Canción del capítulo

Sigo En El Camino

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SIGO EN EL CAMINO [Verse 1] Voy andando sin rumbo en esta carretera, con los bolsillos llenos de preguntas que no esperan. El viento me recuerda que el mundo sigue igual, y yo buscando un norte que no puedo encontrar. [Chorus] Y aunque busco luces, me responden las sombras, mi corazón golpea como un martillo en mi contra. Nadie lo detiene, nadie lo puede entender, ni siquiera yo sé por qué sigue en pie. [Verse 2] Me conformo con vivir, con sentirme en camino, aunque a veces el camino no tenga sentido. Hay días en que caigo, otros vuelvo a nacer, soy un barco sin rumbo con todo por hacer. [Chorus] Y aunque busco luces, me responden las sombras, mi corazón golpea como un martillo en mi contra. Nadie lo detiene, nadie lo puede entender, ni siquiera yo sé por qué sigue en pie. [Verse 3] Tal vez la incertidumbre sea mi única aliada, tal vez lo que no entiendo es lo que me salva. Camino sin certezas, pero voy sin detenerme, hay un fuego enorme que no quiere ceder. [Bridge] Y si el futuro no me llama, yo igual sigo, yo igual sigo… Porque en el eco de mi alma algo ruge, algo vivo. [Chorus] Y aunque busco luces, me responden las sombras, mi corazón golpea como un martillo en mi contra. Nadie lo detiene, nadie lo puede entender, ni siquiera yo sé por qué sigue en pie. [Outro] Voy andando sin rumbo, pero sigo en camino No sé a dónde voy, pero sé que estoy vivo.
Ruido Interior

Capítulo III

Ruido Interior

“A veces soñar cuando estás en el suelo es la mejor manera de volver a levantarte.”

Las noches son el único momento en el que Daniel todavía puede respirar. Al salir del trabajo, conduce sin rumbo cerca del mar y baja las ventanillas aunque haga frío; le gusta escuchar el rugido de las olas mezclándose con la música, mientras las luces de la carretera se refractan en el parabrisas mojado. Escucha canciones antiguas. Canciones suyas. Temas que compuso cuando todavía creía que el futuro era un horizonte abierto. Y entre kilómetros vacíos y melodías olvidadas, recuerda quién fue. O quién quería llegar a ser.

A veces aparca frente al agua y se queda inmóvil, observando cómo las olas avanzan sobre la arena para después retirarse, una y otra vez. Como si el propio mar tampoco terminara de decidir hacia dónde quiere ir. Nunca sabe qué busca exactamente. Quizá silencio, quizá respuestas; quizá, simplemente, una razón para volver a sentir algo.

En casa, mientras tanto, las discusiones se han vuelto pequeñas y crónicas: reproches absurdos, distancia, un cansancio gris. Son dos personas compartiendo un techo mientras se transforman en desconocidos. Ya no quedan gritos; eso sería demasiado humano. Solo queda el desgaste.

Una noche, tras otra disputa estéril, Daniel se mira en el espejo del baño y es incapaz de reconocer al hombre que tiene delante. Ve unos ojos apagados, una espalda vencida. Un hombre que lleva demasiado tiempo limitándose a sobrevivir.

Sabe que su matrimonio se vació hace años. Sabe cosas que nunca se ha atrevido a verbalizar. Pero, al igual que hizo con sus sueños y con su música, siempre encontró la excusa perfecta para mirar hacia otro lado, convenciéndose de que el tiempo lo arreglaría todo. Pensando que todavía le quedaba tiempo.

Es entonces cuando ocurre algo extraño. No explota. No rompe nada. No llora. Simplemente comprende, con una lucidez gélida, que si continúa así terminará por apagarse del todo. Y en ese instante de silencio, recuerda el olor del mar, la libertad que sintió unas horas antes en el coche, la diminuta chispa que se resiste a morir en su pecho. Porque, a veces, recordar el cielo cuando estás en el suelo es la única manera de volver a levantarte.

Por primera vez en décadas, toma una decisión sin consultar con sus fantasmas. No va a pensar en la oficina, ni en las expectativas ajenas, ni en lo que se supone que debería hacer.

Solo va a pensar en él.
Y va a desaparecer. Aunque solo sea durante unos días.

Canción del capítulo

Sentirme Libre

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SENTIRME LIBRE [Verso 1] Se enciende el sol, otro día igual La misma rutina, la misma espiral Siempre sonriendo a la gente al pasar Este trabajo ya me empieza a asfixiar [Pre-Estribillo] Cada segundo un peso brutal Más huraño, más antisocial Harto de todo, solo quiero escapar [Estribillo] Quiero romper con todo, dejarlo atrás Sentir el aire en la cara, y no mirar más Arena en los pies, bajo un cielo sin final La brisa del verano y un amanecer que me haga soñar Sentirme libre, ¡de verdad! [Verso 2] Las voces huecas, el eco de un adiós Mi mente a mil, sin oír mi propia voz Atrapado en un cristal, sin poder respirar Este presente no me deja avanzar [Pre-Estribillo] Cada segundo un peso brutal Más huraño, más antisocial Harto de todo, solo quiero escapar [Estribillo] Quiero romper con todo, dejarlo atrás Sentir el aire en la cara, y no mirar más Arena en los pies, bajo un cielo sin final La brisa del verano y un amanecer que me haga soñar Sentirme libre, ¡de verdad! [Puente] No es un capricho, no es un simple vaivén Es la vida misma pidiendo un nuevo tren Un horizonte abierto, sin cadenas, sin temor Solo yo y el viento, buscando otro calor [Estribillo] Quiero romper con todo, dejarlo atrás Sentir el aire en la cara, y no mirar más Arena en los pies, bajo un cielo sin final La brisa del verano y un amanecer que me haga soñar Sentirme libre, ¡de verdad! [Outro] Sentirme libre... de verdad
La Huida

Capítulo IV

La Huida

“Cuanto más se alejaba de la ciudad, más cerca parecía estar de sí mismo.”

La decisión estaba tomada. Todavía es de madrugada cuando Daniel abre el armario y rescata una mochila vieja. Mete algo de ropa, un par de camisetas, unos vaqueros; poco más. Antes de salir, se detiene unos segundos ante la guitarra apoyada contra la pared. Es el mismo instrumento que una vez recorrió media España con él, el mismo que llevaba años en silencio. Al tomarla entre las manos, una sonrisa inédita le dibuja el rostro. La acomoda en el asiento trasero del coche. No deja ninguna nota, no responde llamadas, no ofrece explicaciones.

Simplemente arranca el motor y empieza a conducir. Por delante, solo carretera.

Durante las primeras horas lo acompaña la culpa; después, el miedo. Más tarde, emerge algo que casi había olvidado: la libertad. No es una libertad limpia ni completa; viene mezclada con incertidumbre, vértigo y dudas, pero sigue siendo libertad.

A medida que avanza sin rumbo, el paisaje se transforma en una sucesión de pequeños pueblos costeros donde el tiempo parece moverse más despacio. Bares de barra gastada, gasolineras desiertas, hoteles baratos frente al mar. Lugares imperfectos y, precisamente por eso, reales. Y cuanto más se aleja de las luces de la ciudad, más cerca parece estar de sí mismo.

El asfalto actúa como un imán para los recuerdos que llevaba años enterrando: el fracaso de su antigua banda, las oportunidades que dejó escapar por miedo, las canciones que se quedaron a medias, los sueños que fue aplazando hasta que se volvieron invisibles... Y, flotando sobre todo ello, la ausencia de su padre, una herida antigua que nunca cicatrizó del todo. Pero por encima de los fantasmas aparece una verdad incómoda: la rabia de haberse traicionado a sí mismo tantas veces. Comprende, con un dolor sordo, que ha pasado media vida culpando al mundo y a la rutina por decisiones que, al fin y al cabo, también fueron suyas.

Al caer la noche, en habitaciones de hostal que huelen a salitre, escribe frases sueltas en una libreta. A veces parecen esbozos de canciones; otras, confesiones desesperadas. Ni él mismo sabe distinguirlas. Pero algo está cambiando en el silencio de esos cuartos. Algo que llevaba demasiado tiempo dormido comienza a estirarse.

Por primera vez en muchos años, Daniel no siente miedo de lo que pueda aguardarle al otro lado del camino.

La Mujer Frente al Mar

Capítulo V

La Mujer Frente al Mar

“He estado sobreviviendo tantos años que me olvidé de vivir.”

Aquella tarde caminaba descalzo por la orilla del mar. El agua fría le lamía los pies mientras el sol iniciaba su lento descenso hacia el horizonte, tiñendo el cielo de un incendio de naranjas, rojos y dorados. Era uno de esos atardeceres que parecen desafiar a la realidad; uno de esos espectáculos que exigen un alto el fuego.

Y Daniel se detuvo. Hacía años que no contemplaba algo así. Años sin levantar la vista. Años anestesiado, ciego a la belleza más elemental.

Fue entonces cuando la vio.

A lo lejos, una mujer avanzaba por la playa en dirección contraria. También iba descalza, también caminaba sin urgencia, suspendida en el momento. Si ambos mantenían el rumbo, el cruce era inevitable. A medida que la distancia se acortaba, un coro de preguntas mudas empezó a poblar la mente de Daniel: ¿quién era?, ¿qué la había llevado hasta esa orilla?, ¿qué buscaba en mitad de la nada?

La mujer ya estaba cerca. Emanaba una serenidad extraña, ajena a la tristeza o a la prisa; no parecía perseguir nada ni huir de nadie. Simplemente habitaba el mar, el viento y la luz de la tarde.

Cuando apenas los separaron unos metros, ocurrió un hecho minúsculo y, sin embargo, definitivo. Ella lo miró y sonrió. Nada más. Fue un gesto sencillo, limpio de artificios, de los que cobijan. Durante un instante suspendido, el traqueteo del mundo se apagó. Dos desconocidos cruzándose en el desierto de una playa; una sonrisa y el silencio.

Para Daniel, ese segundo tuvo la fuerza de un impacto. Fue como si, por un breve destello, su memoria corporal recordase qué significaba estar verdaderamente vivo.

Ella continuó su camino. Él se giró para verla alejarse, pero no intentó seguirla; no era el propósito del viaje. Sabía que lo más probable era que no volvieran a cruzarse jamás, pero carecía de importancia: la huella ya estaba grabada.

Daniel buscó la libreta en su bolsillo, sostuvo el bolígrafo un instante y escribió una sola línea:
«He estado sobreviviendo tantos años que me olvidé de vivir».

Se quedó contemplando los trazos negros sobre el papel con una certeza nueva. La felicidad no siempre aguarda al final de los grandes proyectos; a veces se esconde en los pliegues de un gesto cotidiano, en una mirada cómplice, en un destello de luz moribunda. En dos segundos capaces de dilatar el tiempo.

Por primera vez en décadas, el aire le supo distinto en la garganta. Todavía no era la paz, todavía no eran las respuestas. Pero, sin duda, era vida.

Canción del capítulo

Dos segundos de eternidad

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[Verse 1] Voy caminando por la orilla del mar la tarde se derrite sobre el agua y la sal las huellas duran poco en la arena mojada como los sueños que nadie reclama A lo lejos aparece una silueta recortada contra el sol que se va no sé tu nombre, no sé tu historia pero algo empiezo a imaginar [Pre-Chorus] Quién eres tú de dónde vienes qué viento empuja tu dirección qué estás buscando si acaso encuentras lo mismo que busco yo [Chorus] Y nos cruzamos sin decir nada solo una sonrisa y el mundo paró dos segundos de eternidad en medio del ruido y la inmensidad Tal vez mañana ni lo recuerdes tal vez tu vida sigue igual pero ese instante queda flotando como un secreto frente al mar [Verse 2] Imagino ciudades detrás de tus pasos historias que no voy a escuchar quizás persigues alguna promesa o solo aprendiste a caminar Tal vez te escapas de alguna tormenta tal vez corres hacia un lugar pero tus ojos por un segundo me invitan a pensar [Pre-Chorus] Quién eres tú qué mapa sigues qué sueños guardas sin revelar si también dudas si también sientes que el mundo es grande y fugaz [Chorus] Y nos cruzamos sin decir nada solo una sonrisa y el mundo paró dos segundos de eternidad en medio del ruido y la inmensidad Tal vez mañana ni lo recuerdes tal vez tu vida siga igual pero este instante queda flotando como un secreto frente al mar [Verse 3] Seguimos rutas que no se cruzan como dos barcos en altamar la noche empieza a cerrar la escena y el viento borra la señal Pero algo queda entre las olas un eco suave de casualidad como si el tiempo te guiña el ojo antes de volver a continuar [Bridge] Hay encuentros que duran una vida y otros solo un respirar pero algunos dejan marcas que no se pueden explicar No fue destino ni una promesa ni historia que vaya a empezar solo dos mundos rozándose antes de continuar [Pre-Chorus] Quién eras tú ya no lo sé tu nombre nunca sabré pronunciar pero tu risa quedó encendida como un faro frente al mar [Chorus] Y nos cruzamos sin decir nada solo una sonrisa y el mundo paró dos segundos de eternidad que nadie más presenció La vida sigue, cada quien su rumbo cada destino su lugar pero ese instante queda flotando como una chispa frente al mar [Outro] Y sigo andando por la misma orilla con el rumor de la marea y el sol pensando en todas las vidas posibles que pasan… y se van.
Las Cicatrices del Ruido

Capítulo VI

Las Cicatrices del Ruido

“Las cicatrices no desaparecen. Lo único que cambia es la forma en que aprendemos a mirarlas.”

Los días comenzaron a encadenarse sin que Daniel prestara la menor atención al calendario. Por las mañanas caminaba junto a la orilla; por las tardes, se refugiaba en pequeñas cafeterías desiertas a gastar las horas.

Llenaba páginas enteras de su libreta. Algunas palabras terminaban convertidas en acordes; otras se quedaban impresas como puros pensamientos que necesitaban ver la luz. Así, casi sin darse cuenta, dejó de huir. Lo que había comenzado como una fuga desesperada se estaba transformando en una reconstrucción.

Durante años se había convencido de que su enemigo era el exterior: el ruido de la oficina, la inercia de la ciudad, las expectativas ajenas. Pero el aislamiento del mar le reveló una verdad más cruda: el verdadero ruido siempre había habitado dentro de él. Eran el miedo, la culpa y la frustración acumulados durante décadas; silencios cómplices, heridas tapadas a toda prisa y recuerdos enterrados bajo la falsa premisa de que el tiempo los disolvería solos.

Una tarde, frente a las olas que estallaban contra las rocas, se descubrió pensando en su padre, en la banda de rock que nunca llegó a ninguna parte y en los planes que aplazó hasta que caducaron. Sorprendentemente, no hubo rabia esta vez. Tampoco tristeza. Solo una silenciosa aceptación.

Comprendió que el pasado era inamovible, pero que el relato de su vida aún dependía de él. Las cicatrices no se borran; nadie se libra de llevarlas a cuestas. Lo único que se puede modificar es la mirada que les dedicamos. Durante demasiado tiempo las había escondido como marcas de vergüenza, cuando en realidad eran los pilares de su propia historia.

Cuanto más escribía, más limpio le sabía el aire. Sus nuevas canciones ya no hablaban de escapar; ahora trataban sobre el perdón, el entendimiento y la tregua. Por primera vez en décadas, Daniel dejó de pelear contra su propio reflejo.

Era imperfecto. Estaba cansado. Conservaba aristas rotas que jamás encajarían del todo. Pero estaba vivo. Y aquella tarde, por fin, eso era suficiente.

Canción del capítulo

Las Paces con Mis Cicatrices

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Me acostumbré a perder sin hacer ruido, a sonreír con el pecho partido, a decir “estoy bien” cuando mentía, mientras la rabia por dentro mordía. No me salvó la suerte ni la gente, me levantó el cansancio de caer, porque hasta el alma más rota aprende cuando ya no queda nada qué perder. ¡Que sople el viento, que rompa el mar! Que yo ya sé lo que es naufragar. Si me caí, me volví a levantar, ¡que a mí la vida no me va a ganar! Que vengan noches sin una salida, ya hice las paces con mis cicatrices, si me arrancaron media vida, aprendí a andar con lo que me hicieron. No fui de hierro, solo aguantaba, con cada golpe cambié la piel, y aunque el pasado todavía llama, ya no me encuentra donde caí ayer. ¡Que sople el viento, que rompa el mar! Que yo ya sé lo que es naufragar. Si me caí, me volví a levantar, ¡que a mí la vida no me va a ganar! Porque el dolor también se cansa, de perseguir al que dejó de huir, hoy mis heridas no piden venganza, solo me empujan a seguir. (Bridge) Y si mañana vuelvo a romperme, que sea luchando, no por callar, ya no me escondo para no verme, soy lo que queda… y eso va a bastar. [electric guitar solo] [Último estribillo] ¡Que sople el viento, que rompa el mar! Que yo ya sé lo que es naufragar. Si me caí, me volví a levantar, ¡que a mí la vida no me va a ganar! [outro] Que grite el cielo, que ruja el azar, ya no me asusta volver a empezar. Traigo mil sombras, pero aquí están: prueba de que no me pudo quebrar.
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Capítulo VII

Regresar Diferente

“El cielo nunca había desaparecido. Era él quien había dejado de mirarlo.”

Al cabo de unas semanas, Daniel regresó a la ciudad. Nada había cambiado en su ausencia. El tráfico seguía colapsando las avenidas, los rascacielos de oficinas continuaban iluminados hasta la madrugada y la lluvia caía sobre el mismo cemento gris de siempre. La ciudad rugía con idéntica fuerza, pero él ya no la escuchaba de la misma manera. Ahora entendía lo que antes le resultaba invisible: la libertad nunca consistió en escapar lejos, sino en dejar de vivir encadenado al miedo.

Aquella noche, al cruzar el umbral de su casa, dejó la mochila en el suelo, abrió la funda de la guitarra y volvió a tocar. Sus dedos se sentían torpes, pesados. Algunas notas sonaron imperfectas, rotas, pero no le importó. No tocaba para recuperar el tiempo perdido, ni para demostrarle nada a nadie, ni con la ilusión infantil de convertirse en alguien famoso. Tocaba, simplemente, porque por fin recordaba quién era.

Con el instrumento entre las manos, se acercó al balcón y abrió las puertas de par en par. El cielo estaba limpio. Hacía años que no lo miraba de verdad. Miles de estrellas tiritaban sobre la lona negra de la ciudad y, por primera vez en dos décadas, Daniel levantó la vista. Se quedó allí, suspendido en la noche, limitándose a observar, a respirar.

Fue entonces cuando lo comprendió. El cielo nunca se había marchado. Siempre había estado ahí arriba, esperándolo. Había sido él quien había dejado de mirarlo. Daniel abandonó la huida, olvidó los escondites y firmó una tregua definitiva con sus propias cicatrices. El simulacro había terminado. Apoyó los dedos en el mástil, marcó el primer acorde con firmeza, dejó que las palabras fluyeran en su voz y empezo a cantar VOLVÍ A MIRAR EL CIELO.

Canción del capítulo

Volví a mirar el cielo

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[Verse 1] Pasé media vida corriendo detrás De sueños que nunca logré alcanzar Creí que vivir era resistir Y olvidé despacio cómo sentir Mirando siempre hacia el suelo al andar Perdí los colores de cada lugar Y un día sin darme cuenta siquiera Dejé de escuchar lo que el alma espera [Chorus] Volví a mirar el cielo Y seguía allí Como si hubiera esperado por mí Volví a mirar el cielo Y pude entender Que aún me queda mucho por hacer Quedan noches y canciones Quedan mares por cruzar Y aunque lleve cicatrices Hoy me vuelvo a levantar [Verse 2] Las calles no han dejado de rugir La lluvia sigue cayendo aquí El mundo continúa igual que ayer Pero yo ya no lo vuelvo a ver Las heridas no van a desaparecer Ni los años que dejé correr Pero aprendí que hasta el dolor Puede enseñarte quién eres hoy [Chorus] Volví a mirar el cielo Y seguía allí Como si hubiera esperado por mí Volví a mirar el cielo Y pude entender Que aún me queda mucho por hacer Quedan noches y canciones Quedan mares por cruzar Y aunque lleve cicatrices Hoy me vuelvo a levantar [Bridge] Y si vuelven noches oscuras Y si pierdo la dirección Recordaré aquel instante Cuando habló mi corazón Porque el cielo nunca se fue Era yo quien dejó de mirar Y ahora sé que todavía Puedo volver a soñar [Chorus] Volví a mirar el cielo Y seguía allí Como si hubiera esperado por mí Volví a mirar el cielo Y pude entender Que aún me queda mucho por hacer Quedan noches y canciones Quedan mares por cruzar Y aunque lleve cicatrices Hoy me vuelvo a levantar [Outro] Volví a mirar el cielo Y seguía allí Como siempre estuvo allí Esperándome

Recopilatorio final

Banda sonora de la historia

Estas son las canciones que acompañan el viaje de Daniel, reunidas al final como playlist del libro.

Final de la historia

El cielo siempre estuvo allí.

Gracias por acompañar a Daniel en este viaje. Si esta historia te ha tocado, sigue explorando el universo sonoro de IVANHOE14.