Capítulo I
El Hombre que se Apagó
“Un día dejó de mirar el cielo. Y terminó olvidando que seguía allí.”
Daniel tiene cuarenta y seis años, está casado y lleva una vida que cualquiera tildaría de feliz; él mismo se lo creyó durante mucho tiempo. Sin embargo, hace ya años que dejó de mirar al cielo. Es más, si lo piensa, ni siquiera recuerda de qué color es.
De joven, lo observaba y lo encontraba lleno de contrastes, de matices y de una belleza inabarcable. Las noches estrelladas le descubrían un universo infinito, plagado de lugares fascinantes que prometían un futuro. Lo miraba con ilusión, pero poco a poco, día tras día, factura tras factura, dejó de levantar la cabeza. Hasta que un día, simplemente, se olvidó de que el cielo seguía ahí.
Ahora vive en una ciudad donde todo parece funcionar demasiado bien para estar realmente vivo. Los trenes llegan puntuales y las oficinas permanecen encendidas como faros mudos incluso de madrugada.
Cada mañana se despierta antes de que apunte el sol. Un café rápido, una ducha obligada, la misma camisa de siempre. Se despide de su mujer con un beso tibio y monótono —el de todos los días— antes de sumergirse de lleno en el rugido del asfalto.
En el vagón del metro se cruza con los mismos rostros anónimos de cada mañana. Rostros sin expresión ni rastro de emoción, fijos en las pantallas de los teléfonos, envueltos en un silencio extraño que solo quiebra el traqueteo del tren. El ambiente ya respira esa prisa contenida, esos nervios a flor de piel por la eterna urgencia de llegar a tiempo. Todo sea por estirar el sueldo, sobrevivir a los recibos y pagar el alquiler.
Y mientras el tren avanza, Daniel siente, un día más, cómo esa misma sensación de vacío sigue ensanchándose justo debajo del pecho.
Canción del capítulo